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martes, 12 de marzo de 2013

LA ÚLTIMA


Mi madre a veces me pide que me emborrache. Dice que no salga si no quiero; pero que beba, que tome algo.

Por eso en casa nunca falta una botella sobre el aparador, junto al mechero del abuelo: nuestra reliquia. Y creo que por si acaso me da por beber de verdad, por beber mucho, más de la cuenta, hasta perder el sentido o el control de las emociones, mi madre guarda otra en algún altillo de la cocina, o en el despensero, o en su armario.

Cuando consigue que le eche un sorbo al café, coloca una copa al lado de la taza, dando por supuesto que después del carajillo tomaré tres, cuatro o cinco tragos más, hasta que se me escapan las lágrimas con los ojos muy abiertos y la cabeza muy alta, con los dos codos sobre la mesa y las manos entrelazadas, tocando el suelo sólo con la punta de los pies y golpeando sin descanso los talones. Y antes de que sorba los restos y me levante para marcharme a mi habitación, me dice que pruebe con otra; y yo, que estoy contigo, acordándome de ti, no pienso que se refiere a otra que no seas tú; y para dejarla contenta y porque ya nada me parece que me vaya a hacer más mal, me sirvo la última; la miro, la sonrío, le tomo durante un segundo una de las manos y me sirvo la última.

Es verdad que a veces, cuando bebo, la mediana de la autopista no se cuela en mi mente como el peor de los sitios del mundo. Se produce un avance, como un claro en mitad de una tormenta, o como el avistamiento de una luz muy profunda y brillante en el centro de un universo negro, que viene hacia mí a doscientos kilómetros por hora, a la misma velocidad a la que viajábamos nosotros el día en el que a nuestro universo se le fundió la luz; y entonces, con esa última copa o incluso ya con la anterior, lloro por tu ausencia, sin percibir que mi presencia, mi supervivencia, el puto hecho de haber sobrevivido a ti, es aún más importante o más terrible que tu falta completa, irreparable.  

Me molesta estar vivo, clemente en un mundo en el que tú ya no estás. Por eso cuando revivo el accidente paso de largo por tu cara desencajada, con sangre en el labio, en la frente, en el oído, con sangre en todas partes; y por eso apenas me detengo en el coche ardiendo, en tu falta de auxilio, en la explosión, en tus ojos huidos, muertos. Todo eso lo rebobino rápido, a la velocidad de un rayo, a doscientos kilómetros por hora, a la velocidad a la que viajábamos cuando un rayo partió nuestro universo. Y sólo pulso el botón de la pausa conmigo a salvo en la mediana, mirando como ardes, como te vas y como me quedo yo aquí, aunque tú estés ardiendo, aunque tú ya te hayas ido.   

El obstáculo que encontramos en mitad de la carretera era insorteable: bien. Así lo constata el atestado de la Guardia Civil y el peritaje de la compañía de seguros. Pero yo contaba con dos maniobras de giro a la hora de afrontar el choque: a la izquierda, provocando que el primer impacto se produjera contra el lado del acompañante; o a la derecha: en favor tuya, en mi contra. Y yo me decanté por la primera opción; y a pesar de que la misma Guardia Civil, el perito de la compañía y varios psicólogos me hayan asegurado que ese acto, mi decisión, responde a un impulso inherente en todo ser humano y carente de maniobrabilidad en la parte consciente de nuestro cerebro, creo que fui un maldito cobarde y un gran iluso; iluso por pensar, aun de manera inconsciente, que estar aquí sin ti es mejor que estar muerto.

Pero sí, con cuatro o cinco copas me viene el tiempo que compartimos juntos y puedo ser feliz dentro de esa cápsula; y sonrío mientras lloro; y echo de menos tu cuerpo, tu lengua, tu cuello, tus nalgas, los labios de tu coño, tu boca; y me descubro excitado y me toco pensando en ti; y te echo en falta, pero me corro y me quedo bien, relajado, dormido, como si sólo hubieras salido de viaje y me fueras a llamar en un rato. Y al rato, cuando el efecto de las copas se va difuminando y vuelvo a saber que ya nunca más volverás a llamarme, lloro sólo porque ya no estás, porque te has muerto y porque el tiempo que compartimos juntos se ha roto, sin dedicarle un solo segundo a mi supervivencia, sólo por ti. Y a la mañana siguiente, cuando mi madre me ve, dice que le gusta verme así de triste; y que le haga caso, que no salga si no quiero, pero que beba, que tome algo antes de dejarme caer bocabajo en la cama, como si todo el mundo, y no sólo tú, hubiera muerto, hubiera desaparecido. Después salgo a trabajar con mal cuerpo, con la cabeza tan rota como el tiempo que compartimos juntos, y si soy capaz de no abstraerme en mi desgracia, a mediodía acompaño la comida con agua; pero si regresan los fantasmas que me dejan vivo en la mediana, mirando tus ojos huidos, muertos, yo mismo le pido a mi madre que saque la botella del altillo de la cocina, del despensero o de su armario, y me tomo tres o cuatro tragos y luego la última… Otra, como dice ella.