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jueves, 5 de diciembre de 2013

HASTA DONDE Y HASTA CUANDO

Nos han enseñado a bajar de la luna; ahora ya sabemos que los coches de gama alta, las segundas residencias, los pisos de nueva construcción y el picoteo recurrente y regular en la calle, acaso componían una imagen perfecta de la gula. De nada sirve argumentar que la consecución de esas quimeras obedecía a largas horas de trabajo y al poder disuasorio de una nómina ante la política de concesión de créditos por parte de los bancos. Aquella ostentación de éxito estrangulaba la horma de cualquier zapato. Y entonces, tal vez para devolvernos los pies al suelo, la economía se frenó y nos mostró, sin tapujos, que las entidades financieras eran meros castillos en el aire, sin más poesía que la usura y el acopio de beneficios.   

Nos han enseñado también que el organigrama de los gobiernos, debido a la deuda que adquieren para prestarnos los servicios que creíamos pagados con nuestros impuestos, precisa de la existencia de esos mismos bancos. Y hemos presenciado, en un ejercicio de desvergüenza supina, cómo se antepone la salvación y supervivencia de un sistema delictivo y embustero a la reparación de la dignidad del pueblo.

Llegados a este punto, con “nosecuantos” millones de parados, desahucios y demás penurias, nos toca ingerir un nuevo dogma: la competitividad. Sí, nuestro regreso a la liga en la que los jugadores tienen asegurado el alimento y un brasero bajo las faldillas, nos exige desandar camino, situar los emolumentos que percibimos por un determinado trabajo a otra época en la que un café no costaba doscientas pesetas, ni una barra de pan veinte duros, aunque el precio del café y del pan continúe siendo ese y la única manera de salvar el obstáculo sea pisando menos el bar y menguando el tamaño de los bocadillos.

Mi duda, en cuanto a tanto aprendizaje, es hasta cuándo y hasta dónde están dispuestos a llegar. Porque cabe preguntarse si estos mandamases sin escrúpulos, que ejercen de manera preciosista la labor de mamporreros, han sopesado que no es lo mismo vivir que subsistir, y que la ciudadanía, sabia, soberana y maga, puede reconvertir cualquier día en un maravilloso día de San Martín.   

(Artículo publicado en el Diario Jaén, el jueves 5 de diciembre del 2013)