lunes, 9 de enero de 2017

La luna de Valencia

Yo quería la luna de Valencia, y esta noche, en el Cabañal, alguien ha debido metérmela en el bolsillo. Una putada, porque sólo mientras he querido la luna y la he sentido inalcanzable, no he sido consciente de que ya no deseo nada más.
¿Y ahora qué? ¿Qué mierda hago con la luna en el bolsillo? Es una luna llena, blanca, con sus clásicos cráteres, brillante, muy brillante, incluso lejos del amparo del reflejo que le otorga el mar Mediterráneo. Pero una luna así no sirve para nada, y menos aún en el interior de un bolsillo, donde ni rota, ni resulta inalcanzable y hasta deja de conducir a alguna forma de sueño o deseo, porque se sabe que apenas es una pelota, lo mismo que una bola de golf, hasta en tamaño, solo que con las honduras más dispersas y desiguales, por lo menos ésta, la de Valencia, la que yo guardo en el bolsillo. Y luego, que también importa, me importa, la vertiente humana, la que concierne a la famosa colectividad: ¿qué hacen los demás valencianos, todos los turistas que aparecen por aquí para ver el Oceanografic y la Malvarrosa y El Cabañal y La Albufera y la luna? ¡Eh! ¿Qué hacen?
Tiene gracia: un rato antes, en un local, una chica me ha pedido que no le venda la luna. Ha dicho eso; podría o debería de haber dicho: no me vendas la moto, pero ha dicho eso: no me vendas la luna. Claro que en ese momento no la tenía en el bolsillo; de lo contrario, me la habría sacado y ahora estaríamos en la parte de atrás de mi coche o en la habitación de su piso, follando. Y la sensación de que la luna no vale para nada, se habría esfumado, y el deseo, el apetito por los deseos, persistiría, al menos, hasta que hubiéramos terminado. Y el hecho de que a alguien se le haya ocurrido introducirme la luna en el bolsillo habría estado colmado de sentido, porque la chica era más que guapa, valía la pena, mucho, a pesar de que después (el maldito después, siempre), concluido el asunto, mi pena fuera ésta: la misma. Porque lo que narro, la carencia de deseo, lo abarca todo: también a las chicas, como si con la luna no cupiera nada más.

A veces pasa: con las depresiones suele pasar. Pero yo no padezco una depresión: yo tengo la luna de Valencia, y si la saco y la suelto, cae al suelo lo mismo que si se tratara de la dichosa pelota de golf: se ha roto su idilio con la gravedad y cae muerta. Y lo peor es que cualquiera diría que no es la luna, que es una simple pelota, por más que ahí fuera, en el cielo, sobre el Mediterráneo, no se encuentre la luna de Valencia. Se habrán desbaratado sus fases, dirán. Y les dará igual que pase el tiempo: semanas o hasta meses o años, y que la luna no aparezcan, que seguirán negando, porque cuesta creer que un tipo como yo posea la luna. 

martes, 20 de septiembre de 2016

El principio de acuerdo

Si fuera por mí rompía el principio de acuerdo. Pero está su madre. Y a esa señora si algo no le hace falta son disgustos. La quiero tanto como a ella. Es verdad que la he visto poco y solo de visita, y que en un tiempo tan escaso resulta fácil amañar la realidad que muerde una persona; porque puedes imaginarla de una manera que no es: siempre riendo, de broma, hilando un chiste con otro; o cariñosa y atenta, procurando que uno de los dos muslos del pollo caiga en mi plato o sirviéndome el café el primero; esas cosas que se atribuyen a la cortesía y a la educación y que no siempre tienen que ver con eso.
También es cierto que mi deseo por esa mujer es más novedoso y reciente que el que siento por su hija. Hace apenas dos meses que me acuesto con ella; y se trata de la primera vez que lo hago con alguien tan mayor. Es decir, alguien con quien sabes que debes de llevar cuidado, montarla con dulzura, evitando los movimientos bruscos, por la fragilidad de sus huesos y de sus articulaciones; y evitando los orgasmos intensos o muy seguidos, por un corazón que ya ha dado algún que otro susto.
Tal vez se me olvide pronto y encuentre legítimo y viable el principio de acuerdo. Tal vez. Anoche mismo dejé de tocarme para no recaer en las formas de su cuerpo o en las tácticas con las que trabaja el mío. Hace mucho que no soy capaz de pensar en otra cosa cuando me faltan apenas un par de minutos para la corrida. Puedo empezar con su hija, o con la hija de la tendera, o con Mariló, o a partir de solo una apariencia concreta, sin rostro, sin identidad. Y pasarlo bien en ese preámbulo imaginario con su hija, o con la hija de la tendera, o con Mariló, o con ese ser anónimo; pero en el último momento, en el momento justo, cuando esa fantasía requiere que me sujete a una cintura, en las diez o doce últimas embestidas, ahí, en ese preciso momento, siempre aparece ella, a pesar de las estrías de sus pechos caídos y de su gran panza, si es que la quimera me la sitúa arriba, cabalgando sobre mi polla —sobre mi gran polla, dentro de ese sueño libre—; y a pesar de las estrías y de los cúmulos de grasa en sus enormes posaderas, si soy yo quien anda dando desde atrás, igual que un perro.
Su hija me dijo que le hiciera un apaño. Dijo eso y se marchó a no sé dónde. Y lo dijo alto y claro, dirigiéndose a mí y mirándola a ella, antes de empezar a descender la escalinata del porche. A lo mejor supuso que esa fresca caería en saco roto y que acaso sería tomada a broma; porque su madre le dobla en edad y en peso y se le apelotonan las arrugas en el contorno de los ojos y en las comisuras de los labios, y porque se mueve con dificultad y no puede disimular que es una vieja. No lo sé.
El caso es que, al ser verano, todo se precipitó muy fácilmente. Dimos un baño y cuando quiso salir del agua me pidió que la ayudara. Y ayudarla quiere decir permanecer detrás de ella mientras trepa por las escalerillas, empujándola un poco hacia arriba, presionándole el culo. Y entonces pienso que se me vino encima adrede. Y nos echamos a reír. Y creo que fue ella la que hizo un lazo en mi cuello con sus brazos; y creo que fui yo el que amasé sin ningún disimulo sus nalgas, con las palmas de las manos bien abiertas, y el que le mordisqueó con una apreciada ansia el escote.
Luego vino la mesura. La tomé a horcajadas y la conduje hasta una de las paredes de la piscina, más o menos a la altura de dónde cubre hasta el metro sesenta, y allí la penetré lentamente, con sumo cuidado. Y el vaivén que nos trasportó, lo mismo: lento, con cuidado, hasta que ella empezó a gemir y golpeando con sus manos contra mis cachetes procuró que terminara dándole con más brío.
Juntos. Sí, juntos. Lo que nunca me ha ocurrido con su hija y lo que casi nunca me ha ocurrido con nadie. ¡Acabamos juntos! Graznando como dos cerdos que presumen la matanza. Y nos quedamos bien relajaditos, con la misión cumplida; sin esa terca necesidad de pretender más, cuando lo siguiente que viene ya no puede ser ni tan siquiera la mitad de rico.
Su hija nos pilló desparramados sobre dos tumbonas. Soltó una carcajada y agravó el tono de su voz. “¡Buen trabajo, soldado! ¡Buen trabajo!”, dijo, fijando su mirada en mis ojos. Y dijo también que iba a cambiarse. Y que fuéramos alguno de los dos —refiriéndose a su madre y a mí— preparando la cena. Y por la noche, ya solos ella y yo, en la cama, dijo también “gracias”. Esta vez sin hacer burla con el tono de su voz. Después tomó mi pene con su mano y preguntó —dirigiéndose a él— si aún quedaba caldo para ella. ¡Caldo! Le di un manotazo en su estúpida mano y me di la vuelta.
La mañana que hizo trizas a esa noche trajo algunas explicaciones. Helena mentó la condición de mujer de su madre; algo absurdo, obvio. Luego, sin embargo, pasó a describirla igual que a una madrastra: sacando a colación su edad, sus kilos… Para restarle importancia, supongo. “¿Y yo?”, pregunté. “Tú, no sé”, dijo ella. Y entonces dijo también que no tenía por qué. Y ya no dijo nada más hasta el mediodía. A mediodía dijo: “no tienes por qué”. Y entonces yo le dije “ya veremos”, sólo “ya veremos”. Puede que dando por sentado que nunca más, o que alguna otra vez quizá, o que al fin y al cabo no tenía importancia, por su edad, por sus kilos…
Aquel día era tres de julio y la visita de su madre duraba hasta el dieciocho. Quince días con la mitad de las tardes libres, por el curso de reflexología que Helena no estaba dispuesta a dejar correr por más que su madre estuviera en casa. “Se lo he avisado. Y tú haz lo que te venga en gana. No te sientas responsable. Te metes en tu estudio o te vas. Lo que tú prefieras”.
Estas cosas son las que matan a Helena: la seguridad insensata con la que se mueve por el mundo; la creencia de que cada una de sus acciones cuenta con una receptividad absoluta, sin fisuras; y que, en lo que respecta a mí, igual se la da la posesión de dos tetas duras y de un culo formidable. Aunque me cuesta pensar que Helena no caiga en la cuenta de que con apenas treinta y cuatro años la dureza de los pechos y la firmeza del trasero se sobreentienden, como el valor en el ejército.
Sea como fuera, en cuanto Helena se colocó esa especie de disfraz vikingo y descendió los siete peldaños de la escalinata del porche, batiendo su mano derecha abierta a modo de adiós, yo recordé de pronto la coincidencia en el clímax de la tarde anterior y entré en faena.
—Manola, ¿vamos a la piscina?
—No, mejor fuera —dijo, desabrochándose de seguido el sostén.
De nuevo glorioso. De nuevo a la par. De nuevo suave, venciendo poco a poco el peso de mi cuerpo sobre su cuerpo. Y de nuevo el envite de sus manos sobre mi trasero, exigiendo más arrojo, más energía al final.

Cuando Helena apareció por casa no quedaba ni rastro de ese encuentro. Sin decírnoslo, ambos, su madre y yo, creo que habíamos planeado lo mismo.
Ella preparó la cena (ensalada de col, langostinos con mahonesa y coctel de frutas) y yo puse la mesa. Nos mostramos especialmente atentos. Yo le pregunté qué era exactamente eso de la reflexología. Y su madre, toda vez que terminó la exposición, igual diez o quince minutos más tarde, le insistió en que continuara profundizando en ese campo, alabando los tratamientos alternativos frente a la medicina tradicional, etcétera, etcétera. Hacia las doce, imagino que harta de hablar y con cierto entusiasmo por la receptividad, me pidió que fuéramos a la cama. Entonces le hice una seña con el dedo, dirigiéndolo a su madre, y le guiñé un ojo. Y ella puso cara fastidiosa. Pero acabó soltándole un beso al aire, devolviéndome el guiño y diciéndonos buenas noches.
—Buenas noches —dijo su madre, fingiendo volver de un leve vahído de sueño.
Aquella segunda vez fue mejor que la de la tarde. Lo hicimos en su cama, en la habitación de invitados. Y el acto de la penetración llegó al cabo de un buen rato de besos y caricias. Acabamos armando mucho ruido: jadeos, gemidos y palabras inconexas, ya se sabe —y juntos, claro—. Y riéndonos por ello, presuponiendo que su hija se habría desvelado y prendido la luz del cuarto, con cierto susto primero y con cierto asombro después.

—Lo de anoche no me gustó. Tienes toda la tarde para hacerle el favor. No conoces a mi madre. Pero puede que ahora esté pensando que la prefieres a ella antes que a mí —me dijo Helena, nada más poner los pies en el suelo, a la mañana siguiente.
—¿Cómo va a ser eso? ¡Es vieja! ¡Y gorda!
—¿Y qué? Vieja, pero con ganas de marcha. Ya la has visto.
—Venga, venga.
—No. Va en serio —dice frunciendo el ceño, jugando a parecer enfadada.
—¿Te lo pidió ella?
—¿El qué?
—Que le buscaras un apaño.
—¡Pues claro! ¿Cómo si no iba a pedírtelo?
—¿Y cómo fue?
—Me dijo que si conocía algún amigo para… (Se sonroja) Bueno, para eso. Y yo al principio le dije que sí por quitármela de encima, por no seguir hablando con ella sobre ese asunto. Pero en cuanto vino me lo recordó. Y yo me empecé a morir de la vergüenza, pensando en qué amigo podría aceptar acostarse con una vieja que además es mi madre. ¿No me entiendes? Y fue cuando recaí en ti. No sé —piensa. Hace una leve pausa—. Dicho así, parece que te estoy haciendo de menos. Y es lo contrario. No existe nadie en quien confíe tanto como en ti. Es por eso. ¿Lo entiendes, verdad?
—Claro. Claro.
—¿Claro, claro?
—¡Qué sí, Helena, qué sí! ¡Va en serio! —la tomo con mis manos por sus brazos con la fuerza justa que pienso que puede trasmitirle cariño y comprensión. Luego le digo— Lo extraño es la parte que atañe a tu madre: su petición, ya me entiendes. Tú has obrado bien. Yo mismo me habría sentido incómodo escuchando como Nicolás o Román o San Juan le petan el culo en la habitación de invitados.
—¡Jorge! —exclama, zafándose de mi atadura.
—Perdona.
—No. Tranquilo. Perdóname tú a mí ¿Estás enfadado?
—No. Claro que no.
—¿De verdad? —me pregunta, regresando a las cercanías de mi cuerpo.
—De verdad —le digo, tomando su rostro entre mis manos y paseándole las yemas de los pulgares por las mejillas.
—Está bien —me dice ella, procurando que el beso que me da no dure menos de cuatro o cinco segundos.

Me enfadé un poco con su madre. Para qué negarlo. Porque en algún momento —es más, puede que en todo momento— pensé que su obcecación por recobrar su actividad sexual se debía a mí. Es decir, a una atracción fortísima hacia mi persona, ya fuera física, mental o ambas al unísono. Y rehacerme con esa verdad, que me colocaba en el mismo escalafón que Nicolás, Román o San Juan, me agrió el día. De hecho, por la tarde, cuando Helena batió con entusiasmo su mano abierta, a modo de adiós, conforme bajaba los peldaños de la escalinata del porche, no le propuse a su madre que nos diéramos un baño. Hice lo que me vino en gana y me metí en mi estudio.
Claro que esas ganas de nada venían escoltadas por un estúpido amor propio. Y en cuanto su madre hizo girar la manivela de la puerta y me insinuó amor a dúo, de un tipo parecido, cuanto menos, al de los dos días anteriores, esos recelos y ese orgullo se esfumaron. Y follamos ahí mismo, sobre el diván de lectura, obteniendo un resultado, si cabe, todavía más satisfactorio, juntos por cuarta o quinta ocasión. Y entonces me realicé una sola pregunta muda: ¿por qué iba a venir desde su lugar de origen, a hacernos una visita, conmigo en su cabeza? Eso compondría una depravación y una actitud más que desconsiderada hacia su hija. Y ella no es así. Ella es ardiente. Está en pleno derecho de serlo. Y yo puedo darme con un canto en los dientes por tener una mujer tan preocupada por “el qué dirán” y tan confiada en mí.
Después de ese encuentro no quise dejar cabos sueltos y le expuse un plan parecido al de la noche anterior. Y así obramos: cuando Helena se hartó de hablar, me dijo que nos fuéramos a la cama y yo le hice una seña con el dedo, dirigiéndolo hacia su madre, que en esta ocasión no tenía que fingir un vahído de sueño, sino todo lo contrario, debía estar atenta al juego, para que su hija, por mera vergüenza o caridad cristiana, no se sintiera con ánimo para decir ni mu. Tal y cómo sucedió.
Helena se fue a nuestro cuarto. Ella y yo al de invitados. Follamos. Y al terminar (juntos de nuevo), me negué en redondo a abandonar la cama.
—Venga. No seas tonto. Se va a enfadar.
—Que no.
—¡Ay! Qué tonto. Ésta y no más. ¿Vale?
—Vale.

A la mañana siguiente, tal y como era de esperar, Helena me recibió echando humo. Y le hablé claro. Le dije lo que pasaba: me gustaba su madre. Y me gustaba mucho, más de la cuenta, lo mismo o más que ella al principio. Y su madre estaba sola. Y era libre. Y ambos, Helena y yo, veníamos de romper con otras personas. Sabíamos en qué consistía eso, cuando alguien te gusta y resuelve en un imposible persistir en el intento de hacer como si nada y continuar viviendo en una historia anterior, que no te permite acostarte, dormir y levantarte de la cama junto a la persona a la que se ama. “¿Qué más puedo decirte?”, le dije también, para concluir mi alegato.
—Tú no sabes lo que estás diciendo. Mi madre no sería capaz.
—Ella no. Pero yo sí.  
—Pensémoslo —me pidió, sin recibir ni el más mínimo gesto como respuesta de mi parte—. Déjame pensarlo, al menos —acabó diciendo pues.

Desaparecieron las dos durante casi tres días enteros. Sin decirme dónde iban. Y sin decirme de dónde venían, cuando regresaron.
No parecían disgustadas ni entre ellas ni conmigo. Me invitaron a sentarme en la mesa de fuera. Tomarían una ducha y prepararían la cena. Media hora o tres cuartos, a lo sumo.
Después, entre pincho y pincho, Helena me contó el acuerdo al que habían llegado: me repartirían equitativamente, una noche en cada alcoba. Y yo dije que no. “¿No?”, me preguntó Helena. Y yo insistí en que no. Diciendo sólo eso: no. “¿No?”, me preguntó entonces su madre. Y yo seguí erre que erre, repitiendo que no. Hasta que la vieja me agarró con fuerza las falanges de los dedos de mi mano derecha, convidándome a que la mirara a los ojos. Y entonces repitió “¿No?”. Y yo le respondí: sí, sí, sí, sí, sí…

Luego Manola se levantó y me dejó a solas con Helena. Y Helena me pidió que nos fuéramos a la cama. Y aquí estoy, una noche sí y una noche no, cumpliendo mi parte del acuerdo: lamiendo y mordisqueando dos pechos duros, que no saben de leyes de gravedad y se mantienen firmes, a pesar de mis duras embestidas, y agarrando con fiereza uno de esos culos a los que se les puede llamar “pompis”. La locura. 

jueves, 15 de septiembre de 2016

La mujer barbuda

No te quieres morir y estás muerta. Sin necesidad de arrancarte las huellas de las yemas de los dedos ni desfigurarte las facciones más características del rostro. Como antes: igual que los maquis y los bandoleros.
Un elefante viejo se hace el distraído, se queda atrás y resuelve cambiar de rumbo, separarse del resto de la manada; y llega a un cementerio mágico, en donde sólo hay esqueletos de otros elefantes y un río de aguas cristalinas, montañas, árboles y cielo. Eres un elefante, que tras muchas incursiones ha encontrado su sitio. Así te presentas, sin que nadie te pregunte; porque no existe nadie, sólo casas en ruinas, esqueletos, la huella silenciosa de gente que, en algún momento, permaneció viva aquí, en este lugar, en tu cementerio.
Te resistes a permanecer callada, a perder la costumbre de comunicarte. Y empiezas a hablar contigo. Pronto asumes tu problema, el motivo de tu huida. No eres idiota. Nunca lo has sido. Tienes barba. No eres atractiva. El mundo no te percibe atractiva. Y es al mundo a quien le compete dilucidar ese tipo de cosas. Y, ante eso, no has encontrado mejor salida que marcharte a un sitio que forma parte del mundo, pero en el que no hay nadie, salvo tú.
Una noche te despiertas sobresaltada. Te ha venido una idea. No eres la única persona fea en el mundo. Y este lugar, tu cementerio, cuenta con muchas otras casas en ruinas; otra gente puede venir y reconstruirlas; gente con una nariz a punto de rozarle la barbilla, gente con los ojos extraviados y con una única ceja; gente con un solo ojo, con una sola oreja, o con la boca torcida; gente fea.
Te decides a poner un anuncio. En él declaras que eres un elefante, un elefante vivo, que ha encontrado el cementerio de los elefantes muertos; ese enclave misterioso, de leyenda. Describes minuciosamente las puestas de sol, los amaneceres, el ruido del viendo, del agua, el de las aves; y el silencio de las montañas, de los caminos y el del candil y el sillón y el fuego. Incluso tomas y publicas instantáneas del valle, de la colina en donde se alzan las casas, de las ventanas de madera, a falta de cristales y de un tejado. Al final, sólo al final, explicitas que la única condición que impones, a quienes deseen recibir una copia de tu mapa, es que deben tratarse de personas feas.
Al cabo de un par de días recibes cientos de peticiones. Todas contienen una foto; tu exigencia. Es entonces cuando cometes tu primer fallo; no lees los mensajes, vas directa al archivo adjunto y, a partir de la imagen que ves, haces la selección. Te conviertes en la juez de tu mundo: tú decides; y lo haces usando los mismos criterios que provocaron tu huida. Otra noche, también de madrugada, vuelves a desvelarte y caes en esa cuenta, en tu propia injusticia. Das marcha atrás; destruyes las carpetas y comienzas de nuevo a abrir los correos.
Algunas de las razones de quienes quieren irse a vivir contigo te resultan maravillosas, te conmueven. Lástima que en ciertas ocasiones el aspecto de la fotografía no acompañe; no son lo suficientemente feos; no te valen.
Al final, después de darle infinidad de vueltas, te decantas por diez candidatos. Son muy feos, tanto como tú, otros elefantes; y sus razones te convencen: son tan maravillosas como las de la gente guapa que te viste obligada a rechazar por ese motivo, sólo por ese motivo.
Aun así, crees que debes responder a todos los que han mostrado interés en llegar a ti, a tu sitio. Y comienzan los problemas. La gente no entiende que seas tan elitista. Dicen que ellos no tuvieron elección, que nacieron así, que es cuestión de genética, que el hecho en sí les sugiere la irrupción de un nuevo holocausto; y te proclaman que nada les gustaría más que despertarse al día siguiente siendo feos, si ello les permite habitar en tu paraíso. Algunos incluso te proponen sacarse un ojo, o rajarse de arriba abajo la cara, o cortarse las dos orejas. Alguno, incluso, lo lleva a cabo y te envía una fotografía con su nueva imagen: espantosa, mucho peor que la tuya.
Llevan razón. Así lo sientes. Te has vuelto a equivocar. Estás completamente segura de ello y vuelves a echar marcha atrás. Frenas todo el asunto. Necesitas pensar. Y te das unos días.
El candil, el sillón y el fuego y, sobre todo, el ordenador te han mantenido demasiado sujeta. Sales de tu casa reconstruida, al exterior de tu cementerio. Encuentras irrepetibles los horizontes, las nubes bajas que abrazan a las montañas del fondo, el tapiz que forman los árboles en las laderas, el río, siempre susurrante, siempre ahí, corriendo y sin marcharse a ningún sitio. No puedes ser tan egoísta. No puede ser para ti sola, ni para quien tú elijas —piensas—. Y en un impulso, entras de nuevo en la casa, te sientas frente al ordenador y colocas un nuevo anuncio con la dirección exacta del paraíso, archivando de esa manera todas tus exigencias anteriores y cometiendo el que será tu segundo y definitivo fallo. Ya no habrá tiempo ni oportunidad para otro.
A las pocas horas ya no caben más coches en la era y los que llegan después se ven obligados a aparcar en las anchuras del carril. Hay de todo: gente inmaculadamente fea, lo que tú ansiabas al principio; gente de aspecto insulso, que no llaman la atención por nada; gente atractiva, a veces sólo por su forma de moverse o de mirar; gente guapa, muy guapa; y gente que sólo pasa a echar un vistazo, con el perro, los niños y la fiambrera. Todos coinciden en lo mismo: se trata del lugar más increíble nunca visto.
El resto de la historia es de sobra conocida:  un promotor inmobiliario logra que recalifiquen como urbanizables unos terrenos anexos a la pequeña aldea, justo donde tú planificabas  plantar hortalizas y tubérculos para que la economía fuera sostenible y en los que ahora se levantan varias hileras de pequeños chalets pareados; un tipo con don de gentes, que se hace con la presidencia de la comunidad, y que no soporta el calor, ni las piedras del río y que se topa con un espacio ideal en donde hacer un gran hoyo para la construcción de una piscina enorme, para todo el vecindario, sin distinciones, para que no se pierda la matriz alternativa y solidaria de tan singular sitio; y el niño, el maldito niño que se las da de gracioso y advierte el vello de tu cara y decide ponerte el sobrenombre de “La mujer barbuda”. El mundo.



martes, 23 de agosto de 2016

El regalo

Nos encontramos en el garaje de una casa de campo, celebrando mi vigésimo primer cumpleaños. Ya hace rato que estamos borrachos y que el sol se ha puesto. Entonces alguien apaga la música, avisa de que es la hora y tira de un trapo que cubre la pared del fondo.
El regalo sale del interior de una tarta de mentira. Se trata de una chica rubia, de aproximadamente metro sesenta, muy pechugona y vestida únicamente con una braga de lentejuelas.
En ese momento, el resto de asistentes incrementan la intensidad de sus palmadas y el volumen de su vocerío. A mí, sin embargo, se me quitan las ganas de aplaudir y se me refrena la risa. Y de pronto siento una fuerte opresión en el pecho. Y acto seguido un pinchazo. No tardo un segundo en caer muerto al suelo.

En el cielo, un ángel que está al tanto de lo sucedido, se mofa. Y lo hace a diario, cada mañana, durante el recuento. A la segunda semana me resulta insoportable y me abalanzo sobre él. Al poco, aparece Dios, que nos lee la cartilla, abofetea delante de todos al ser alado y me manda al infierno.
En el infierno, debido a las altas temperaturas, mi piel se enrojece y se cubre de ampollas. Pruebo distintas cremas y hasta con un traje de neopreno. Pero el curso de las heridas no remite. Y algunas, incluso se me infectan. El Demonio, sobrepasado, me devuelve a la tierra.

Veo la luz en el seno de una familia de clase media. Mi nuevo padre sufre dolores de espalda, debido a la labor que desempeña en una empresa de cincado. Mi madre anda cerca de la edad de la menopausia y le sobreviene una depresión postparto. Un día, al poco de abandonar el hospital, mi abuela le pide que le explique en qué consiste esa clase de abatimiento, una pregunta que va a traer consigo la ingesta ininterrumpida de Orfidal y de Prozac, por parte de su hija, mi madre, que ya no cesará nunca de repetir que nadie le ayuda y que nadie la entiende.
Pese a todo, cuento con una infancia feliz, en la que no faltan los triciclos, las bicicletas, las consolas, y dos viajes de fin de curso.
Tras mi vigésimo cumpleaños, sin saber cómo, recuerdo el funesto incidente con la chica rubia, de aproximadamente metro sesenta. Tengo suerte: a mi memoria sólo acude ese instante y la chica; el resto: mis otros padres, mis otros amigos y demás, continúan impertérritos en el olvido, hecho que me libra de caer en las odiosas comparaciones.   
Ese año lo gasto en salvar mi vida. No quiero volver a recibir ese regalo por sorpresa: descubrirme aterrado frente a la rubia pechugona, y sentir la presión y el pinchazo, y caer muerto al suelo.
No ceso de buscarla hasta dar con ella. Claro, el encuentro se produce en un bar de striptease, al que acudo a diario a presenciar su número, hasta que me siento acostumbrado a las formas de su cuerpo y estoy seguro de que no va a ser capaz de provocarme un fallo cardiaco.
Lo malo es que cuando llega la hora en el garaje de la casa de campo y alguien decide que ya estamos lo suficientemente borrachos y tira del trapo que cubre la pared del fondo y de la tarta de mentira sale la chica rubia, vestida sólo con la braga de lentejuelas, mis ganas de reír y de aplaudir son nulas. Y lo hago más que nada por no levantar sospechas.   
En esta nueva vida muero a los setenta y tres años, otra vez a causa de un infarto, producido por el alcohol, el tabaco y la mala alimentación.
En el cielo vuelvo a llegar a las manos con el ángel, que no se ha olvidado y que no ha dejado de recordármelo. Y Dios vuelve a mandarme al infierno. Y el demonio, precavido, a la tierra.

Esta vez nazco en una familia de clase alta. Mi padre pasa mucho tiempo fuera, debido a su profesión. Para mi madre soy su capricho y la principal razón de su existencia. Además de los triciclos, de las bicicletas, de las consolas y de los dos viajes de fin de curso, tengo una moto de agua y otra de carretera, y un descapotable a los dieciocho, y hablo y escribo correctamente tres idiomas, y comienzo mis estudios universitarios en el extranjero.
En mi vigésimo aniversario vuelvo a recordar la escena del garaje. Pero en esta ocasión no me hace falta acudir al bar de striptease a diario, para acostumbrarme al numerito de la rubia pechugona. Simplemente, me guardo para mí ese próximo fututo y me limito a fingir al año siguiente, cuando alguien decide apagar la música y correr el trapo que cubre la pared del fondo.

Muero a los ochenta y un años, sin haber probado el tabaco, ni el alcohol, e ingiriendo siempre alimentos sanos: pescados azules y carnes blancas a la plancha, verdura hervida y fruta, primordialmente. La causa de mi deceso es un accidente automovilístico: mi principal pasión en esta vida.
En el cielo, ídem (el ángel “porculero”, mi exasperación, una pelea y la determinación de Dios). Y en el infierno, también.

Renazco en África. Mi madre es una afamada bióloga que está realizando un estudio de los gorilas. Y yo soy el fruto de una relación sexual de una noche con un nativo. Al pronto no caigo, pero cuando muero a los noventa años a causa de un atropello, sin ningún entusiasmo por las rubias, sin fumar, ni beber, ni comer grasas, y trasladándome a pie a cualquier parte del planeta, me doy cuenta de que la tonalidad obscura de mi piel puede servirme para mi estancia en el infierno. De modo que al ángel del cielo no le consiento lo más mínimo, y en cuanto me topo con él le propino un gancho de izquierda.
Todavía así, me cuesta convencer al Demonio. Dice que no quiere problemas y que me regala otra vida. Después de mucho insistirle, consigo que me permita entrar, ataviado con el traje de neopreno.
Ni dos días duro allí. Las ampollas dan paso a las llagas. Y las llagas a mi expulsión.

En la siguiente vida, la última, muero a los cien, de aburrimiento. Y en el cielo, armado con un machete, mato a Dios.

        

miércoles, 8 de junio de 2016

Felicidades, hermano

Me habían pedido que diera mi opinión acerca del debate entre mujeres de mañana, pero creo que, con lo que dice y calla en sus cuñas publicitarias la cadena televisiva que lo emite, el asunto se describe por sí solo: lo presenta como un espectáculo, en el que prima la condición femenina de sus cuatro protagonistas, y omite el vergonzante hecho que origina su existencia: la ausencia de una mujer como candidata a la presidencia del gobierno en cualquiera de los cuatro principales partidos, algo que podría y debería de ser circunstancial si en algún otro momento de nuestra historia distintas mujeres hubiesen ocupado tal puesto. Pero no, al parecer, en todos estos años de democracia, todavía no ha nacido fémina que se lo merezca tanto como los hombres que ostentaron dicho honor (esto, a pesar de nombres como González, Aznar, Zapatero, Mariano…).
Yo, sin embargo, hoy quería alejarme de la política nacional y dedicar mi artículo a ciertos atropellos que se cometen en el Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y las Villas, el lugar en el que habito. ¿Saben que aquí existen establecimientos hoteleros, de reciente apertura, que tienen sus urinarios conectados al río mediante un tubo de PVC, y que tamaña tropelía es conocida por las diferentes autoridades y que éstas hacen oídos sordos? Lo cierto es que este acto nos permite admirar un número similar de truchas y cagarrutas en algunas zonas del espacio natural protegido más grande de la península, e igual peco de ignorancia y apenas se trata de una moderna estratagema para ampliar el espectro de turistas que nos visitan.  
No obstante, he de admitir que mi falta de valentía y mi temor a las represalias me han conducido a desechar tal tema y decantarme, al fin, por escribir sobre los distintos festivales musicales que se van a suceder en nuestra provincia, en las próximas semanas. Pero, al pronto, he caído en que hoy es el 50 cumpleaños de mi hermano JuanMa, y he pensado que un periódico es un sitio inmejorable para decirle que le quiero mucho y para pedirle que se quede tranquilo, porque aprendí de nuestra madre a cocinar las habichuelas con arroz y jamás de los jamases tendrá que echar de menos ese plato.  

(Artículo publicado en el Diario Jaén, el 8 de junio del 2016)

jueves, 12 de mayo de 2016

España es de derechas

Cuesta asumirlo, porque se entienden mejor los planteamientos que parten de la solidaridad y de la justicia social; pero hemos de ser honestos y reconocer que los españoles, una vez superado el miedo a un nuevo golpe de estado y a una nueva dictadura, preferimos ser tutelados por gobiernos de derechas. De derechas acabaron siendo las políticas de Felipe González, y, como nos parecieron poco de derechas y andábamos sumidos en una crisis anterior, le cambiamos por el inolvidable Aznar. 
Aznar vendió el país, y con una parte de esos réditos nos hizo creer que al fin alcanzábamos la cima de los poderosos. Seamos justos: su historia, la de Aznar, marchaba a velocidad de crucero; encalló por la guerra de Irak, por ese deseo irrefrenable y estúpido de subir los pies a la mesa del presidente norteamericano, por sacar a la luz una de las personalidades más patéticas de los últimos siglos. Sin la famosa foto de Las Azores, Zapatero no habría llegado al gobierno; al menos, no tan pronto.
Zapatero nos modernizó y me atrevería a decir que nos hizo mejores personas; pero en cuanto se esfumaron los ahorros por la venta del país y la clase trabajadora comenzó a sufrir las consecuencias, no dudó en adoptar los principios de la derecha más rancia: recordemos solo el desahucio exprés de Carme Chacón y la modificación del artículo 135. Su fracaso, el de Zapatero, no trajo consigo el ascenso de ningún partido de izquierdas. Los españoles creímos entonces que nuestro error había sido confiar en un sucedáneo y votamos mayoritariamente a Rajoy, que encarna (y lo seguirá haciendo por los siglos de los siglos) a la derecha más conservadora posible, en el marco de las democracias occidentales. 186 diputados le dimos. ¿Y qué pasó? Que se encontró un país sin nada que vender y que le empezaron a florecer decenas de casos de corrupción, dejando al español de a pie en un desierto, inmerso en un síndrome de Estocolmo, contrariado, como cuando uno se olvida de sacar el almuerzo del congelador; atontado, sin saber cómo, ni cuándo, ni dónde; aterrado, por si atesora algo de verdad la idea de que sí se puede, pero de otra forma: desde los principios de la solidaridad y de la justicia social.    


(Artículo publicado en el Diario Jaén, el 12 de mayo del 2016)

jueves, 14 de abril de 2016

¿Mediterráneos? ¿De sangre caliente?

Seguro que tiene una explicación jurídica; pero no deja de ser curioso que Mario Conde encabezara la lista de deudores a la Hacienda pública, que filtró el ministro Montoro, y haya sido detenido en un chalet del barrio del Viso en Madrid y la Guardia Civil haya registrado un pazo en Ourense, una finca en la provincia de Sevilla y una empresa con sede en Torrejón de Ardoz. Yo trabajé durante algún tiempo haciendo nóminas y no resultaba infrecuente que recibiéramos notificaciones de Hacienda avisándonos del embargo de parte del sueldo de un trabajador que había contraído alguna clase de deuda con ellos. ¿Es sostenible un mundo en el que determinadas artimañas legales te separan del común de los mortales? Claro que el asombro que generan este tipo de noticias es moderado, sostenido; los políticos han conseguido lo más difícil: que confiemos en la ley y que creamos factible que a una familia se la obligue a abandonar un piso por impago y que a Conde, Bárcenas and Company distintos entramados societarios les libren de perder sus propiedades.

Da qué pensar nuestra falta de osadía. Buena parte de las nuevas formaciones políticas que pretenden gobernar el país sitúan como primer punto de su ideario un mejor reparto de las cargas fiscales, para que no sea posible que un empleado pague más del treinta por ciento de sus emolumentos en forma de impuestos, mientras las grandes empresas no alcanzan siquiera el cinco. ¿Por qué recelamos de algo así? Cualquiera diría que tanta libertad nos viene grande y que preferimos mantenernos bajo la tutela de unos malhechores, mientras estos nos perdonen la vida. Cierto es, insisto, que no debería de sorprendernos semejante quietud: para desalojar a Felipe González del poder necesitamos, entre otras cosas, que su Ministro y su Secretario de Interior entraran a la cárcel; y para hacer lo propio con Aznar, que Acebes manifestara que la banda terrorista ETA estaba detrás de los atentados de Atocha; y fueron muchos miles de ciudadanos los que presentaron sus respetos ante el cadáver de Franco. Que no es de hoy; que lo nuestro es genético. Mediterráneos, de sangre caliente, dicen…  

(Artículo publicado en el Diario Jáen el 14/04/16)

jueves, 18 de febrero de 2016

La mala política

Por la lentitud con la que se están llevando a cabo las negociaciones, cabe pensar que este invierno se ha establecido una tregua y han cesado los cortes de luz y de agua y los desahucios; y que todas las mujeres víctimas de violencia de género cuentan ya con una vivienda social que les permite dejar de malvivir bajo el mismo techo que su agresor; y que no hay una sola familia sin un ingreso mínimo de subsistencia; y que la lista de espera en los hospitales mengua y la sanidad, en su conjunto, vuelve a ser universal. También imagino que todos los despidos que se están produciendo en estos últimos meses quedan a la espera de una nueva reforma laboral; y que un comité de expertos trabaja en la sombra y sin descanso en la creación de una nueva ley educativa, para que entre en vigor cuanto antes y los niños no sufran un curso más la anterior. Imagino, igualmente, que los pensionistas recibirán con carácter retroactivo la subida que se les vaticina; lo mismo que los trabajadores, en lo referente al salario mínimo. Si no es así, cabe pensar que hemos sentado en el parlamento a una panda de irresponsables, que disfruta jugando a la política sin entender que un invierno sin calefacción es un mundo, y un día sin agua, una bomba capaz de mermar para siempre la autoestima de cualquier persona; y cabría preguntarles si sus divergencias resultan tan notorias como para permitir que una sola mujer continúe compartiendo colchón con su verdugo hasta que las solventen. 

En los primeros días de enero, los dos únicos partidos con capacidad para conformar gobierno: PSOE y Podemos, llevaron, por separado, al parlamento una batería de propuestas con similitudes palmarias. Todas traspiraban emergencia; en todas se presumía la rápida y necesaria actuación sobre un gran número de ciudadanos en evidente exclusión social. ¿Es lícita la escenificación de desencuentros, el transcurso de todos estos meses para al fin tenerlos sentados en una misma mesa con una clara intención de llegar a acuerdos, a pesar del desamparo en el que sigue la gente? ¿Cuándo deja la política de ser un juego y pasa a tratar de reescribir la realidad?  

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 18/02/2016)

jueves, 21 de enero de 2016

No estamos locos...

¿Qué cosa será la que conduce, de manera generalizada, a desdecirse con tamaña facilidad a nuestros políticos? ¿La propia política? ¿El poder? ¿La erótica del poder? No hace mucho, Pedro Sánchez se paseaba por varios platós televisivos proclamando su negativa a alcanzar cualquier clase de acuerdo con Podemos (los populistas, los comunistas, los bolivarianos —les llamaba—); hoy sólo entiende una España gobernada en coalición con ellos. ¿Y qué otra cosa será la que empuja a estos mismos políticos a mostrarse tan olvidadizos o condescendientes con sus adversarios? Recordemos que Sánchez llamó indecente a Rajoy, y Rajoy a Sánchez ruin, Ruiz y miserable; todavía así, nuestro presidente en funciones aboga por un gran pacto con el PSOE. ¿Pelillos a la mar? ¿Por qué? ¿Sentido de Estado? ¿Un sentido de Estado místico, religioso, heroico, más propio de un santo? ¿Otra vez la política? ¿El poder? ¿La erótica del poder? Lo cierto es que cuesta lo indecible presumir afable y práctico un consejo de ministros en el que se sientan, codo con codo, un indecente y un miserable-ruin.
Estos días, Francisco Camps, el expresidente de la Comunidad Valenciana, el de los trajes, el de la trama Gürtel, el amigo de Correa y “El bigotes”, ha entrado a valorar la nueva imagen del congreso. Él, precisamente él, no ha podido ser otro. ¿Se puede ser más lerdo? ¿Quiere esto decir que cualquiera no solo puede ser político, sino convertirse además en presidente de algo? ¿No hay en el aparato de los partidos alguien que vigile las intervenciones de estos personajes? Y si éste fue el presidente, ¿cómo eran sus secuaces?

Y ahora lo más sorprendente: si de veras vivimos en un país democrático, que escoge a sus representantes públicos mediante sufragio universal, ¿significa que somos nosotros, con ese gesto tan nimio de la papeleta en la urna, un domingo cada cuatro años, los culpables de aupar hasta la cúspide al embustero, ruin, Ruiz y miserable; al indecente; y al lerdo? ¡Cómo nos gusta la parranda, carajo! ¡Cómo nos gusta…! ¡Somos unos cachondos!

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 21/01/2016)

martes, 22 de diciembre de 2015

4 de diciembre de 1977

Estoy a favor de un referéndum vinculante en Cataluña. Y creo que aquellos que usan la Constitución como parapeto para impedirlo, se comportan de manera irresponsable, cobarde y necia; porque olvidan que el pueblo es siempre soberano y muy capaz de reescribir sus leyes, si así lo quiere; y porque toda su acción política se está limitando al cierre en banda y a permitir que pase el tiempo, a pesar de ver que de ese modo sólo consiguen  que las distancias y los discursos se agranden.
Por tanto, la actitud de Podemos: colocando la consulta catalana como inexcusable para llegar a cualquier clase de acuerdo de gobierno, me parece honesta, valiente y responsable; porque al fin se aborda el problema, que lo es; y, sobre todo, porque dicha formación política no pone en duda lo que pertenece al pueblo: su capacidad de decidir y de construirse como sociedad.
Pero reconozco que me faltan datos. Porque, si bien entiendo que el resto de territorios nada tenemos que decir en lo que respecta a la soberanía catalana, sí creo que debemos ser informados de en qué consiste la plurinacionalidad que venden. Primero, porque no se le puede arrebatar al resto del estado su capacidad de aceptación del nuevo estatus con el que Cataluña continuaría ligada a España, en el caso de que así lo decidieran sus ciudadanos; y segundo, porque pienso (igual me equivoco y peco de aventurero) que en el génesis de la mayoría de votantes de Podemos se encuentran los principios de igualdad y solidaridad entre territorios.

Pablo Iglesias erró en el debate a cuatro de Atresmedia, cuando se refirió al 4 de diciembre de 1977 en Andalucía. Pero no iba muy desencaminado; porque aquel día no se produjo ningún referéndum aquí; entonces, como ahora, no nos dejaban. Aquel día sólo ocurrió que la gente, los andaluces, salimos en masa a la calle, reclamando los mismos derechos de autogobierno que ya le habían sido concedidos a Euskadi y a Cataluña. Y ahora, que vamos aprendiendo que sonriendo sí se puede, no sería imposible que esto mismo volviera a suceder. Claro que eso siempre dependerá del grado de honestidad y coherencia de nuestros políticos. Confiemos.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Condenado a sentir

La libertad es inmensa, inabarcable, tanto que da para juzgar cómo de grande ha de ser una pena. Ni tocarla. Que a nadie se le ocurra. La libertad es sagrada, sin ironía de ninguna clase. La única solución radica en el respeto a las diferentes e infinitas opiniones. Y en la discusión sana, enriquecedora, de vasos comunicantes. Yo muestro mi parecer sobre algo, incluso mis sentimientos hacia algo; y otro u otra pueden llegar —siempre serán libres para hacerlo— y afearme la historia. París hasta en la sopa, dirán, más o menos, de Beirut y Mali nadie habla. A lo que yo sólo podré responderles que no soy accionista del grupo Atresmedia, ni de Prisa, ni de Mediaset… Y que el causante de agravar mi tristeza es mi subconsciente; porque me resulta muy fácil confrontar la sala Bataclan de París con La Rivera o La Sol de Madrid y cualquier café del distrito 11 con cualquier café de Malasaña.  
Sí, lo confieso: mi sensibilidad se rige mucho por la cercanía, me duele más mi pie que el tuyo, y mi madre más que la tuya, y mis amigos más que los tuyos. También confieso que el 13-N no tenía a nadie conocido en París, ningún temor real, ningún motivo para marcar un número de teléfono para afectados. Pero me impresionó el paulatino incremento de víctimas, las imágenes; me impresionaron más que las que otros muchos días ofrecen los noticiarios, porque el horror se sitúa más lejos, por esa causa tan simple, desleal, deshonrosa y vergonzante. Lo confieso.
¿Se puede controlar la impresión, la sorpresa? ¿Debemos enmudecer algunas manifestaciones para no generar un agravio comparativo? ¿Esforzarnos en variar estas conductas? Hablo de impresión, de sorpresa, de subconsciente. La indignación juraría que es la misma, y la renuncia a toda respuesta violenta, y la animadversión hacia los políticos que manejan el timón del mundo, y la certidumbre de que la solución a estos problemas empieza por la democratización de la solidaridad y la igualdad de afectos. Pero confieso que soy incapaz de no sentir lo que siento, de reprimir la impresión de un arma que se dispara en el país de al lado. ¿Cómo lo hacéis vosotros?

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 26 de noviembre del 2015) 

jueves, 29 de octubre de 2015

No es país para viejos

Los científicos no hallan la manera de frenar drásticamente nuestra decrepitud y colocarnos en los doscientos años y un día de existencia. A cambio, inventan cremas e infinidad de tratamientos que difuminan la hondura de nuestras arrugas, y diferentes fármacos y aparatos asistenciales que nos facilitan la subsistencia cuando falla la movilidad de nuestro cuerpo o la racionalidad de nuestra mente; han conseguido —eso sí— elevar  una docena de años nuestra esperanza de vida con respecto al siglo pasado, averiguando cómo contrarrestar o paliar la acción de distintas enfermedades; e incluso son capaces de congelar nuestros cadáveres para que sean revividos cuando otros científicos, de otra generación, logren terminar con la muerte. ¿Pero qué es todo eso en comparación con el sonido de los primeros acordes de cualquier canción de los 091? Solo la noticia de la reunificación de la banda granadina nos ha quitado a algunos, de golpe, una veintena de años. No puedo imaginar lo que ocurrirá cuando dentro de unos meses José Ignacio Lapido arpegie las primeras notas del Espantapájaros en el Estadio de los Cármenes (¿?).
¿A cuántas personas mayores conocéis que pululen entre los cuarenta y los cincuenta años? Vale, las hay; ¿pero cómo de mayores eran nuestros padres cuando tenían esa edad? Hemos normalizado la calvicie; nos preocupamos por estar al tanto de las novedades culturales y hasta hemos auspiciado la irrupción de una industria paralela (que fabrica canciones y literatura de mal gusto) para la franja de niñatos que se sitúa entre los “diecitantos” y “veintitantos”; las abuelas forman clubs de lectura y las ves de cañas tras esas reuniones, ya no van de negro ni agachan la mirada, y si a alguna se le pregunta si se arrepiente de no haber invertido sus ahorros en congelar los restos de su marido, por si acaso, le entra la risa.  

El mes que viene cumplo cuarenta y tres y vengo de comprarme unos pantalones de pitillo, unas bocas acabadas en punta y una camisa de lunares. Seré un iluso, un completo gilipollas, pero saber que pronto volveré a escuchar en directo La torre de la vela me resuelve en inmortal, por lo menos hasta que me muera. Like a Rolling Stone.    

Artículo publicado en el Diario Jaén el 29 de octubre del 2015

jueves, 18 de junio de 2015

Que se preparen los intolerantes

Si Dios existe y es verdad eso de que tras la muerte nos aguarda el cielo, que se preparen los intolerantes: recién aterriza la avioneta que traslada allí a Pedro Zerolo. Esto viene a significar que frente a la creencia milagrosa de la multiplicación de los panes y los peces, y de la resurrección de Lázaro, y la separación de los mares, él esgrimirá el peso aplastante de la lógica; y entonces Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo se verán forzados a responder a qué o a quiénes hacen daño los besos y caricias que se dan dos personas del mismo sexo. Y como dicha respuesta guarda una inexistencia aún más profunda que la que alberga cualquier fe religiosa, pronto se producirá la liberación de los seres alados, a los que, de manera espontánea, les nacerá un sexo, que usarán como les plazca.   
Si Dios existe y es verdad que castiga con el infierno a los que no se rigen por las leyes que promulga su Iglesia en la tierra, que se preparen los intolerantes; porque recién aterriza la avioneta que traslada allí a Pedro Zerolo. Y esto viene a significar que su diálogo con el Demonio pronto valdrá para transformar ese reino de fuego en el verdadero paraíso; porque cualquier bien nacido no entiende que en ese lugar no seamos tratados todos de la misma manera y contemos con las mismas oportunidades.
Si, por el contrario, Dios no existe y es verdad eso de que tras la muerte acaso somos polvo y memoria, que se preparen los intolerantes; porque la lucha por la igualdad que ha mantenido Pedro Zerolo, hasta el último de sus días, va surtiendo efecto, y más pronto que tarde serán cuatro frente a una sociedad sin más credo que la libertad del individuo.
Por último, en el caso de que Dios exista y disponga de la propiedad de devolver a algunos muertos a la vida, que se preparen los intolerantes; porque para eso ni siquiera tenemos que contar con el favor o la intervención de un ser Todopoderoso; nos basta con mantener vivo el espíritu de Pedro Zerolo. Y eso, siempre, será un orgullo.
Gracias, Pedro.

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 18 de junio del 2015) 

miércoles, 20 de mayo de 2015

Las sombras de Rajoy y Sánchez

Este sábado toca reflexionar. Reflexionar y poner la lavadora y tender la ropa e ir al súper y sentarnos un rato en una terracita y quizá, después, regalarnos un helado o una horchata y una película y otra terracita más. ¡Y hacer el amor! Este sábado toca también hacer el amor; porque si no se hace el amor ¿de qué sirve reflexionar? Joder es cosa de dos —cuanto menos—; y está bien que a un lado se sitúen el gobierno y los distintos partidos políticos; pero los que conformamos el pueblo llano, los que votamos y elegimos gobiernos y ponemos lavadoras y tendemos la ropa, necesitamos y aspiramos a tener nuestra parte en la jodienda. Y por eso el sábado debemos reflexionar y hacer el amor, joder.
En lo referente a la reflexión disponemos de varias y variopintas opciones: la de Mariano Rajoy, que jura que nunca ha estado al corriente de la financiación fraudulenta de su partido ni de los infinitos casos de corrupción que acucian a un gran número de sus compañeros; la de Pedro Sánchez, ocupado a jornada completa en hacer entender que su paso por la bancada del anterior gobierno socialista fue un mero accidente; la de Cayo Lara, que persiste en su obsesión de ver los trenes pasar; la de Rosa Diez, atropellada por alguno de esos trenes; la de Albert Rivera, el hombre de los dos brazos alzados: uno con la palma de la mano abierta y apuntando al cielo y el otro con el puño cerrado y el ceño fruncido; y la de Pablo Iglesias, que se mira en el espejo y ya no ve a Monedero.
El sábado, por tanto, reflexionaremos y haremos el amor. Y el domingo meteremos la papeleta en la urna con la única y ambiciosa esperanza de que no nos la metan. ¿No resulta triste? Por eso es importante que el sábado reflexionemos más en la forma en la que deseamos que nos hagan el amor que en los partidos políticos que concurren a las elecciones. Porque tal vez sólo así evitemos que las propuestas electorales de hoy se conviertan en las cincuenta sombras de Rajoy o Sánchez de mañana ¡Que se trata de nuestro futuro, joder!

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 20 de mayo del 2015) 

jueves, 23 de abril de 2015

Hijos de gente sin alma

Decían los padres de Juan Lanzas, el conseguidor de los ERE, que su hijo tenía billetes para asar una vaca. ¿De veras cambia el dinero tanto el sabor de la carne? Fernández Villa, el histórico sindicalista de la minería asturiana, guardaba un millón y medio de euros; imagino que para dejárselo en herencia a sus hijos. Y en ese caso, ¿cuál sería su discurso en su lecho de muerte?: “hijos míos, esto es el fruto del sudor de mi frente” o “hijos, esto es todo lo que he podido saquear a los compañeros”. Sabemos que Rodrigo Rato, además de un presunto ladrón, era muy capaz de gastarse varios miles de euros en una sola tarde de bares. ¿Qué le echaban en el vaso? ¿Existen licores tan caros o existen locales encargados de atender a la gente que desprecia el valor del dinero porque lo obtienen sin esfuerzo?
Me dan pena estos señores que no sienten miedo de rayar el coche que estrenan, esos imbéciles que pagan cien euros por un par de huevos fritos con patatas. Todos, en algún momento, ejercieron una profesión digna y en algún momento decidieron que la verdadera felicidad se encontraba en defraudar a sus conciudadanos. ¿Qué consejos les darán a sus hijos? ¿Querrán que se les parezcan?
Me cuesta creer que a cualquier Pujol o Bárcenas de turno no le importe lo que piensen de ellos el camarero que les sirve el vino, la señora que se les cruza por la calle, el vendedor de periódicos, la enfermera y hasta el alma mecánica del cajero automático. Si el éxito es una fórmula mágica en la que se combinan la admiración y el respeto del prójimo, con el grado de honestidad con la que se consiguen ese respeto y esa admiración, estos tipejos no son más que un puñado de desgraciados.
Y de verdad, pienso mucho en esos hijos de corruptos y corruptas. Porque los hijos del carterista o del que trapichea con unos gramos de droga, ven que sus padres no obran bien y tienen el alma sucia. Pero ¿y éstos, que aprenden antes a pelar con cubiertos las gambas que a saborearlas, qué hacemos con éstos? ¡Por favor, que asuntos sociales intervenga ya!

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 23 de abril del 2015)



jueves, 26 de marzo de 2015

NO SE PUEDE

El pueblo es soberano y ha decidido que la presidenta de la Junta de Andalucía continúe siendo la sucesora de Chaves y Griñán. Esto viene a decir que soberanía es sinónimo de poder y antónimo de responsabilidad; y que estamos un poco locos y nos gusta la parranda, o que somos muy cobardes y preferimos este presente amañado antes que apostar por la construcción de un futuro sin contrapesos de plomo en los pies.
Lleva razón Anguita: “ahora no vale rasgarse las vestiduras”. ¡Solo faltaba! Si yo fuera Susana Díaz no dejaba para mañana salir en televisión y exigirnos a todos los andaluces un par de patucos para su nene y silencio, no vaya ser que se le despierte y le propine él las pataditas que los demás nos hemos guardado.
Pregunto: ¿no será que los astrónomos erraron en la situación de la Tierra Santa y ésta en realidad se encuentra en Andalucía y que entones todos llevamos dentro un poquito de Jesucristo y nos puede eso de poner la otra mejilla, y lo de las setenta veces siete, y lo morir en la cruz para resucitar y morir al poco de nuevo? Desde luego, cuesta imaginar paraíso más bello, y si no se desdeña la existencia de Dios es fácil creer que él y su familia pululen entre nosotros. 
Andalucía es la última en casi todo y la distancia que nos separa de nuestros inmediatos predecesores se perpetúa. No mengua. ¿Resulta lógica la concesión de una nueva oportunidad a los mismos dirigentes, o cabe pensar en una especia de síndrome de Estocolmo, basado en una prudencia propia de otro siglo? ¿De veras no merecía un castigo en las urnas el caso de los ERE o el fracaso de las políticas de empleo? Yo propondría despedir a la jueza Ayala y usar el dinero de su sueldo para una gran merendola. Total, ¿de qué nos sirve que instruya?   
En otros lugares la democracia se ha erigido como la mejor herramienta para transformar una sociedad. Aquí hemos cocinado con ella unas lentejas (con su zanahoria y su chorizo). Y el mensaje del resultado de estas elecciones no puede ser más claro: o las tomas, o las dejas.  

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 26 de marzo del 2015) 

jueves, 26 de febrero de 2015

¡MALDITOS!

¿Con qué armas luchamos contra la organización terrorista Boko Haram, que usa a niñas de diez años como paquetes explosivos para hacer estallar sus objetivos? Porque estamos en guerra, ¿no es cierto? ¿O no merecen esos asesinos que nos declaremos en guerra contra ellos? Me gustaría plasmar lo obvio ahora, de inmediato, para poder dedicarnos luego por entero a la solución del conflicto de las niñas. Lo obvio es que el primer mundo —el nuestro— sostiene casi el cien por cien de la culpa de lo que ocurre allí, en ese otro mundo. Bien, eso ya está hecho: una atrocidad, un genocidio que se ha extendido a lo largo de varios siglos. ¿Nuestro deber como ciudadanos? Impedir que las políticas de nuestros gobiernos se perpetúen un solo día más en esa dirección y llevar hasta el último rincón del planeta esa máxima de: Libertad, igualdad y fraternidad.
Dicho esto, centrémonos ahora en lo otro. Pregunto: ¿En el hipotético, absurdo e imposible caso de que tuviéramos a esos terroristas reunidos en la cima de una montaña, sin rehenes ni inocentes a su alrededor, cabría pensar en una bomba sobre sus cabezas, en una ejecución medida y premeditada, o, dada nuestra educación y legislación democrática, lo ideal sería lograr su apresamiento y sentarles ante nuestros tribunales? En nuestro país no existe la pena capital ni la cadena perpetua, a dios gracias. Entonces, ¿qué deberíamos hacer con uno de esos jefes de la organización terrorista que secuestra a niñas de diez años para usarlas como paquetes explosivos, tras pasar por nuestra Audiencia Nacional y por alguno de nuestros centros penitenciarios durante veinticinco o treinta años? ¿Soltarlo y ayudarle a reinsertarse en la sociedad?  
No es inteligente establecer cualquier clase de diferencia entre las acciones terroristas. Lo mismo da que sea un tiro en la nuca, una bomba en los bajos de un coche o un artefacto explosivo en unos grandes almacenes. Está claro. ¿Pero no os parece que esta sangre fría excede a todo lo demás? Un hombre forra a una niña con explosivos y la hace estallar. No hay error alguno en su proceder, no puede decir: desconocía la presencia de niños, de inocentes…
¡Malditos! Están consiguiendo que nos volvamos unos monstruos.
(Artículo publicado en el Diario Jaén el 26 de febrero del 2015)