jueves, 29 de enero de 2015

De lo divino y lo humano

No estaría de más que Dios aprovechase este momento para manifestase. Dios, Ala… Da igual la versión; ustedes me entienden.  Me extraña, sobremanera, que no le moleste lo indecible que unos malvados asesinen en su nombre y que su divinidad sea tan grande como para prestarle el favor de contenerse. Además, dicen que nunca se deja de ser padre. Y nuestra sociedad adulta hace aguas. Le necesitamos, le necesitamos ahora más que nunca; porque su opinión resultaría inapelable y una sola palabra suya bastaría para sanarnos, para salvarnos.  

Dios, habla. Pon paz. Danos la paz.  Hazlo de una vez, por favor.

James Cameron no nos sirve. Él dice que bajo el amparo de la libertad de expresión cabe la ofensa a una fe religiosa. No dice, en cambio, que si te pillan en Picadilly Circus pisoteando y quemando una bandera inglesa the police te detiene y te mete en la trena. No lo dice porque tendría que explicarnos que la libertad de expresión es algo así como un asteroide que sobrevuela nuestras cabezas; un asteroide que se nos antoja enorme cuando su movimiento rotatorio nos lo presenta cerca, y exiguo cuando su posición de giro lo sitúa a mayor distancia. Algo muy obvio, como siempre. Y ya se sabe que frente a lo obvio nuestros políticos se muestran recelosos; porque parece que están para nada.   

Entretanto, el Papa, el emisario de Dios de más alto rango en la tierra, advierte que nos cuidemos mucho de mentar a su madre, porque se le puede escapar la mano. Y nos extrañamos; nos resulta escandaloso, inaceptable…  ¡¿Por qué?! Llevamos siglos quejándonos de la lejanía que los pontífices establecen con el pueblo llano; y cuando por fin uno no se harta de describir las verdades, nos parece mal. ¿Acaso no es cierto que en el noventa y nueve por ciento de las peleas que se producen en la calle sacamos a relucir la honestidad de nuestras madres? ¿Que luego a este mismo Papa se le echa en falta cierta coherencia en sus acciones? Pues sí. También a Rajoy, que va a manifestarse a París, mientras la ONU estudia si es democrática su ley de seguridad ciudadana. Por eso necesitamos que Dios diga algo al respecto, aunque sea a través de un plasma.


Dios, habla. Pon paz. Te rogamos la paz. 

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 29 de enero del 2015)

jueves, 4 de diciembre de 2014

A BELÉN, PASTORES

Todo un clásico, pero es verdad: la navidad nos alcanza como un gran meteorito que atraviesa infinidad de capas interestelares sin descomponerse y… A Belén Pastores, a Belén chiquillos, que ha nacido el rey de los angelitos… Aunque seas buzo y andes en las profundidades del océano; fijo que allí también hay alguien tocando la zambomba. Da igual que no creas en Dios; sirve lo mismo un amigo invisible, o la excusa de la ilusión que generan Papa Noel y los Reyes Magos en los niños, o que valgan estas fechas como motivo para reunir a toda la familia, en torno a una mesa y a un plato de langostinos.

Inmediatamente después las rebajas, el día de los enamorados, los carnavales, la semana santa, la feria del pueblo, el mes de vacaciones, halloween y el viernes negro. ¿Qué más da que algunas de esas tradiciones vengan de fuera? ¡El kétchup, las hamburguesas y los recortes en sanidad y educación vienen de fuera! Y nosotros también exportamos cosas: en todo el mundo se bailó y cantó la Macarena. Además, el partido ya lo damos por perdido. Por ejemplo, mientras que en Inglaterra y Alemania endurecen las leyes de inmigración y nos obligan a los españolitos a aparecer por allí con un contrato previo de trabajo o a conseguirlo en un corto periodo de tiempo, nosotros les vendemos a precios de ganga los pisos que quedan vacíos en la costa mediterránea. ¿Qué pasa? Siempre nos saldrá más barato cocinar aquí la paella que hacerlo en Berlín o en Londres. Y al tiempo disponemos de la oportunidad de mostrarles lo vistoso que queda un portal de Belén con tres majestades montados en camellos. 

¿Qué la industria del turismo sólo genera empleo mal remunerado y estacional? Para contrarrestar eso se han inventado las carreras universitarias y el aforismo de la ministra Báñez (“La salida de jóvenes en España se llama movilidad exterior”). Y puede que incluso con el paso del tiempo logremos que esos jóvenes que se marchan al extranjero se establezcan realmente allí y algún día vengan a visitarnos en calidad de turistas. ¿No os dais cuentan? Nuestro gobierno piensa a largo plazo. No da puntada sin hilo.     

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 4 de diciembre del 2014)

jueves, 27 de noviembre de 2014

Nuestras vidas

Acá en la montaña hay dos ríos que se atraviesan más o menos así: +. El agua de uno, del que baja (I), es azulosa; el del otro, el transversal (-), blanquecina; es decir, casi transparente, y en él las piedras tienen color de piedras, lo mismo que les ocurre al musgo y al ramaje, que tienen color de musgo y de ramaje. Luego, tras un par de kilómetros, los dos ríos que se atraviesan acá en la montaña alcanzan un río más grande; lo hacen más o menos así: =, en la misma ribera, separados por apenas un par de palmos. Y el resultado del agua mezclada unos metros más allá de dónde se funden con el río grande es… No, no es de un azul más claro, y el tono blanquecino se pierde. El resultado es nefasto: entre un verde esmeralda y un azul turquesa; un color lindo, penetrante, mágico; pero que nada tiene que ver con las contribuciones aportadas al río grande por los ríos I y -. Su perseverancia por caminar separados no les vale para perdurar; la fuerza con la que llegan, comparada con la corriente que arrastra el río mayor, esfuma la idiosincrasia de uno y otro, y pasan a ser agua, más agua.
Supongamos que tú eres el río I y yo el río -, y que nos cruzamos cada mañana por la calle Sagasta así: +. Tú de azul, con ese vestido corto y bombacho con el que siempre te descubro tan guapa; y yo con la americana de los lunes, miércoles y viernes, que sé que te gusta (tú misma la elegiste por mí). Un beso en la mejilla y un adiós o un leve “hasta luego”, si cualquiera de los dos lleva prisa, comprimen ese exiguo nexo de unión. Y supongamos que tras diez o quince minutos nos volvemos a reencontrar en una oficina; una oficina en la que Eladio es tu jefe y el mío; un jefe que en ocasiones nos ningunea, que nos arenga y nos obliga a competir. Y que, sin embargo, no nos arrebata las ganas de acudir al trabajo.
Tú te escapas cada día unos minutos antes por lo de tu nena. Dices “hasta mañana” casi sin mirarme, en un movimiento mecánico, mientras te abrochas el abrigo y agarras el bolso. “Ya llego tarde”, eso dices también. Yo salgo a las dos en punto. Raro es que tu senda y la mía no se trencen de nuevo a la altura de la farmacia de la calle Isaac Peral a las 14:15. Bonito momento: los naranjos cargados de naranjas o de flores de azahar, el alboroto de los niños, el sol amable, las mesas y las sillas de aquel café, tu vestido azul. Le pides a tu nena que me salude. Me sonríes. Por fin me miras a los ojos, y surge un instante en el que el mundo que nos precede desaparece, mientras estamos así: el uno frente al otro, a apenas un par de palmos. Te propongo tomar algo. Malditas clases de baile los lunes y miércoles; malditas clases de inglés los martes y jueves; y maldito viernes, en el que tu nena no me llama por mi nombre de pila y acaso levanta la mano; su papá me cuenta que andas haciendo las maletas y que os largáis a alguna parte en dónde hay un río que lleva un agua con un color mágico, entre esmeralda y turquesa. 
Nuestras vidas son dos ríos que van a parar al mar.

  

viernes, 14 de noviembre de 2014

La última



Dramatización a cargo de Bienve Herreros y Eva Villares de un extracto de La última, uno de los relatos que componen Caminos que conducen a esto.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Colecciono moscas

Tengo una lata de conserva llena de agua y dentro dos peces que se alimentan de los mosquitos y de las moscas que se acercan a beber o a olfatear (en realidad, no sé a qué se acercan). Y tengo una vieja canción de amor que canto sólo con el bordón de la guitarra. Pero no tengo amor. Y a veces me puede la desesperanza y golpeo con el pie la lata, hasta que logro que se voltee y que se derrame el agua. Entonces, fuera de sí, asido al padecimiento de sus últimos coletazos, veo a los peces asfixiarse en el suelo y como son devorados por las moscas y los mosquitos.
La lata siempre es la misma. Y los peces que repongo al día siguiente de poderme la desesperación adoptan los mismos nombres que los muertos —el tuyo y el mío—. Y estoy seguro de que algunas de las moscas y de los mosquitos que se acercan a beber o a olfatear han aprendido a sortear los ataques de los peces y vienen alimentándose de ellos desde la noche que te fuiste y abrí la lata para cenar algo.
¿Te das cuenta? Esos insectos guardan en sus pequeñas panzas el futuro que tú rompiste. Y ello me impide usar insecticida; porque me da pena y porque, probablemente, estaré aquejado de cualquier mal en la cabeza. Vete tú a saber cuál. A mí poco me importa.

¿Y sabes lo mejor? Las moscas y los mosquitos que se salvan del ataque de los peces y que luego, cuando me puede la desesperanza, dan buena cuenta de ellos, se aparean, y su número crece sin cesar. Y la única manera que hallo de contrarrestar su invasión es tragándomelos. De modo que mi gran panza también está llena de los días y las noches que tú rompiste. Por eso, aunque haya pasado mucho tiempo, está todo muy vivo. Y puedo demostrártelo; basta con que alguna vez aceptes mi invitación a cenar y me permitas vomitar en tu plato. 

jueves, 6 de noviembre de 2014

A PROPÓSITO DE LA DEMOCRACIA

Hemos creído que la democracia es otra forma de divinidad; un ser etéreo, autosuficiente, perfecto, que no falla y que nos llegó por obra de un milagro. Y hemos creído que dentro de la clase política que maneja los hilos de esta diosa llamada democracia, hay algunos Judas; y en un acto de fe sin parangón, hemos creído que basta con sustituir a esos Judas, cuando son cazados con las manos en la masa, traicionándonos, sin variar un ápice las formas y maneras de nuestra diosa democracia, dejando que toda la solución radique en la esperanza de que el nuevo político que viene a ocupar el lugar del político corrupto se comporte de manera más honrada. ¿Os imagináis a Dios actuando de la misma manera, cambiando de Eva cada vez que la tentación la hubiera conducido a probar el fruto del manzano prohibido? En apenas unos días Adán se habría quedado sin costillas, Dios sin paciencia y el árbol sin manzanas. Y, probablemente, si nos decidiéramos a buscar al culpable, éste no sería otro más que Dios, porque, conociendo el paño, era responsabilidad suya comprobar que entre las ramas no hubiera enredada ninguna serpiente.


Tenemos políticos que llevan toda la vida ejerciendo como tales, acoplándose a la perfección a los diferentes aparatos que, cada cierto tiempo, vienen a remodelar el partido al que pertenecen. ¿Esto es factible, lógico, o sólo quiere decir que mientras le presten un sillón asienten a cuánto les digan? Y tenemos un sistema democrático que cede todo el poder al gobierno, a los políticos; que son los encargados, por ejemplo, de elegir a los componentes de la más alta instancia judicial, a los únicos jueces que pueden juzgarles a ellos. A cambio nos otorgan la propiedad de votarles cada cuatro años, según el conjunto de políticas que proponen; pero siempre sin desprenderse del saco del dinero, sujetando fuerte la manija de los presupuestos, con escasos árbitros y sin más fe que nuestro propio convencimiento de que ellos no son como Eva y Adán ni, mucho menos, demonios disfrazados de corderos. 

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 6/11/14)

jueves, 30 de octubre de 2014

Los crímenes que no cometimos

Un día moriré pronto y se te hará tarde para decirme “te quiero”. Puede que ocurra en este mismo extremo de la mesa, mientras cenamos el uno frente al otro: un leve mareo, me ensimismo para tratar de escapar del vaivén, entro en un trance superior, me despego extrañamente del sitio y desaparezco, con la cabeza sobre el plato, sin más. Entonces tú sueltas los cubiertos, arrastras la mitad del mantel sin saber cómo, vienes a mí y me preguntas qué me pasa, y me dices que vuelva en sí, que me quieres. Pero ya no te oigo. Estoy muerta. O puede que sí te escuche, desde un lugar lejano, en las antípodas de la vida, destinado a las almas con pena. Y puede que a mí me sirva esa imagen y ese mensaje, adivinándote desolado, a los pies de mi cadáver, pidiéndome una vez tras otra que no me vaya, que resista, que aguante, y abandone ese lugar repleto de gente triste que no respira y acceda a otro lleno de gente alegre, que no respira. ¿Qué más da? Nuestra comunicación se habrá roto...

Por eso creo que deberías dejar de mirar la tele. Apagarla. Y dejar los cubiertos sobre el plato, con tranquilidad. E incorporarte de la silla. Y venir hasta este extremo de la mesa antes de que se te haga tarde; porque te juro que me vencen las ganas de morirme.