viernes, 14 de noviembre de 2014

La última



Dramatización a cargo de Bienve Herreros y Eva Villares de un extracto de La última, uno de los relatos que componen Caminos que conducen a esto.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Colecciono moscas

Tengo una lata de conserva llena de agua y dentro dos peces que se alimentan de los mosquitos y de las moscas que se acercan a beber o a olfatear (en realidad, no sé a qué se acercan). Y tengo una vieja canción de amor que canto sólo con el bordón de la guitarra. Pero no tengo amor. Y a veces me puede la desesperanza y golpeo con el pie la lata, hasta que logro que se voltee y que se derrame el agua. Entonces, fuera de sí, asido al padecimiento de sus últimos coletazos, veo a los peces asfixiarse en el suelo y como son devorados por las moscas y los mosquitos.
La lata siempre es la misma. Y los peces que repongo al día siguiente de poderme la desesperación adoptan los mismos nombres que los muertos —el tuyo y el mío—. Y estoy seguro de que algunas de las moscas y de los mosquitos que se acercan a beber o a olfatear han aprendido a sortear los ataques de los peces y vienen alimentándose de ellos desde la noche que te fuiste y abrí la lata para cenar algo.
¿Te das cuenta? Esos insectos guardan en sus pequeñas panzas el futuro que tú rompiste. Y ello me impide usar insecticida; porque me da pena y porque, probablemente, estaré aquejado de cualquier mal en la cabeza. Vete tú a saber cuál. A mí poco me importa.

¿Y sabes lo mejor? Las moscas y los mosquitos que se salvan del ataque de los peces y que luego, cuando me puede la desesperanza, dan buena cuenta de ellos, se aparean, y su número crece sin cesar. Y la única manera que hallo de contrarrestar su invasión es tragándomelos. De modo que mi gran panza también está llena de los días y las noches que tú rompiste. Por eso, aunque haya pasado mucho tiempo, está todo muy vivo. Y puedo demostrártelo; basta con que alguna vez aceptes mi invitación a cenar y me permitas vomitar en tu plato. 

jueves, 6 de noviembre de 2014

A PROPÓSITO DE LA DEMOCRACIA

Hemos creído que la democracia es otra forma de divinidad; un ser etéreo, autosuficiente, perfecto, que no falla y que nos llegó por obra de un milagro. Y hemos creído que dentro de la clase política que maneja los hilos de esta diosa llamada democracia, hay algunos Judas; y en un acto de fe sin parangón, hemos creído que basta con sustituir a esos Judas, cuando son cazados con las manos en la masa, traicionándonos, sin variar un ápice las formas y maneras de nuestra diosa democracia, dejando que toda la solución radique en la esperanza de que el nuevo político que viene a ocupar el lugar del político corrupto se comporte de manera más honrada. ¿Os imagináis a Dios actuando de la misma manera, cambiando de Eva cada vez que la tentación la hubiera conducido a probar el fruto del manzano prohibido? En apenas unos días Adán se habría quedado sin costillas, Dios sin paciencia y el árbol sin manzanas. Y, probablemente, si nos decidiéramos a buscar al culpable, éste no sería otro más que Dios, porque, conociendo el paño, era responsabilidad suya comprobar que entre las ramas no hubiera enredada ninguna serpiente.


Tenemos políticos que llevan toda la vida ejerciendo como tales, acoplándose a la perfección a los diferentes aparatos que, cada cierto tiempo, vienen a remodelar el partido al que pertenecen. ¿Esto es factible, lógico, o sólo quiere decir que mientras le presten un sillón asienten a cuánto les digan? Y tenemos un sistema democrático que cede todo el poder al gobierno, a los políticos; que son los encargados, por ejemplo, de elegir a los componentes de la más alta instancia judicial, a los únicos jueces que pueden juzgarles a ellos. A cambio nos otorgan la propiedad de votarles cada cuatro años, según el conjunto de políticas que proponen; pero siempre sin desprenderse del saco del dinero, sujetando fuerte la manija de los presupuestos, con escasos árbitros y sin más fe que nuestro propio convencimiento de que ellos no son como Eva y Adán ni, mucho menos, demonios disfrazados de corderos. 

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 6/11/14)

jueves, 30 de octubre de 2014

Los crímenes que no cometimos

Un día moriré pronto y se te hará tarde para decirme “te quiero”. Puede que ocurra en este mismo extremo de la mesa, mientras cenamos el uno frente al otro: un leve mareo, me ensimismo para tratar de escapar del vaivén, entro en un trance superior, me despego extrañamente del sitio y desaparezco, con la cabeza sobre el plato, sin más. Entonces tú sueltas los cubiertos, arrastras la mitad del mantel sin saber cómo, vienes a mí y me preguntas qué me pasa, y me dices que vuelva en sí, que me quieres. Pero ya no te oigo. Estoy muerta. O puede que sí te escuche, desde un lugar lejano, en las antípodas de la vida, destinado a las almas con pena. Y puede que a mí me sirva esa imagen y ese mensaje, adivinándote desolado, a los pies de mi cadáver, pidiéndome una vez tras otra que no me vaya, que resista, que aguante, y abandone ese lugar repleto de gente triste que no respira y acceda a otro lleno de gente alegre, que no respira. ¿Qué más da? Nuestra comunicación se habrá roto...

Por eso creo que deberías dejar de mirar la tele. Apagarla. Y dejar los cubiertos sobre el plato, con tranquilidad. E incorporarte de la silla. Y venir hasta este extremo de la mesa antes de que se te haga tarde; porque te juro que me vencen las ganas de morirme.

jueves, 9 de octubre de 2014

¡POPULISTAS!

Los representantes de los partidos políticos tradicionales (esos a los que Pablo Iglesias llama “casta”) se han empecinado en explicarnos qué es populismo. Ni media palabra más; estos señores tienen estudios, están preparados y, por tanto, hemos de hacer caso y tomar “populismo” como ese acto que consiste en prometer 600 euros mensuales para aquellos ciudadanos en exclusión social; o a esa otra proclama que pide auditar la deuda y pagar sólo la parte que verdaderamente ha contraído el país. Perfecto; lo entendemos. Ya sabemos en qué consiste el “populismo”. Basta con que nos lo digan una vez. Pero, y ahora, ¿no sería ideal que explicaran también cómo hemos de denominar a los 2500 euros del cheque bebé que primero impuso y después finiquitó Zapatero? ¿Tal vez como medida electoralista? ¿Falta de cálculo? Resulta cuanto menos curioso que el pueblo llano, sin tanta preparación, crea que esa medida, carente de cualquier exigencia o criterio, hubiera mejorado y perdurado en el tiempo con el simple hecho de establecer unos requisitos mínimos, y no dejarla en flor de un día (o de urna). E incluso cabría preguntarles si esa ayuda a la natalidad o la ley de dependencia no conforman una deuda soberana. Nos van a responder que no hay dinero para todo y que en algún momento hay que ponerle techo al estado del bienestar. Pero ¿de verdad hemos de creer, a estas alturas, que todo lo que ha pasado y está pasando se debe a la burbuja inmobiliaria? ¿Es populismo preguntar cuántas empresas se pueden crear o reflotar con los 15 millones de euros de las tarjetas Black, o con los 50 de Bárcenas, o con el dispendio de la Junta de Andalucía, en el caso de los ERE? Puyol, Gürtel, cursos de formación, Urdangarín, Alicante… Y hasta los puentes de Calatrava.

En nada se quedan las caras de Bélmez. El misterio se encuentra en la de nuestros políticos. ¿Cómo es que no se sonrojan? Ellos han sido los escribientes de las instrucciones del juguete; y los que se han obstinado en hacerlo girar hacia el lado contrario al correcto; los que lo han roto. ¡Carajo! Y ahora, según parece, lo que procede es apartarnos y permitirles arreglarlo. ¡Populistas!

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 9 de octubre del 2014)

jueves, 11 de septiembre de 2014

UNA TARDE DE ENTIERRO

La otra tarde, tras un entierro, con alguna copa de más y un amigo menos, alguien decía que ese ejercicio, el de acompañar al muerto en la iglesia o en el tanatorio y dar nuestro pésame a sus más allegados, en la mayoría de las ocasiones estaba impregnado de egoísmo; porque con esa acción las únicas penas que quedaban redimidas eran las nuestras. No entendí. Y se explicó: “¿Cuánto tiempo hacía que no veías a Fulano (nuestro muerto)? ¿Y la última vez qué os dijisteis? ¡A ver si nos vemos! ¿Verdad?” Acabó su alegato rogándonos, a todos los presentes, que dejáramos de ir a su entierro, pero que procuráramos no olvidarnos de llamarle por su cumpleaños y un sábado de cada cinco o seis para tomar algo, aunque fuera un agua con gas.      

Esto dio pie a que otro argumentara que eso mismo, trasladado al ámbito político, ocurría con el estado del bienestar: “disminuyen la cantidad y la calidad de las prestaciones, pero jamás las harán desaparecer del todo. De ahí sacan sus tantos por ciento, los contratos para los amigos y la simiente para su trasvase a lo privado, toda vez que dejen de dedicarse a lo público”.

Y, por último, otro sacó a colación esa canción-paleolítico del maestro Joaquín Sabina, titulada “El joven aprendiz de pintor” y situada, para la ocasión, más en lo social que en lo artístico; y vino a decir que un buen número de los que prestan su ayuda y juran que están y estarán siempre para cuanto sea necesario, no se alegran de un giro en la suerte de sus benefactores; porque además de pasta, legumbres y arroz (por poner un ejemplo de ayuda), en las bolsas echan el deber del agradecimiento.

Yo, casi por decir algo, recordé que con demasiada frecuencia nos olvidamos de que para resultar útiles en lo malo primero hay que haber estado en lo bueno; porque en lo malo se presume la obligación y en lo bueno la apetencia.

Después, volvimos a brindar por el ausente, prometimos no dejar pasar tanto tiempo hasta la próxima y nos dijimos adiós con la firme intención de empezar a disfrutarnos más y a llorarnos menos.

“Hasta que la muerte os junte”, me pareció oírle decir al camarero que había oficiado la ceremonia, cuando se cerraba la puerta.

(Artículo publicado en el Diario Jaén el 11 de septiembre del 2014)

  

jueves, 14 de agosto de 2014

HOMO SAPIENS

Puede que sean lógicas, pero no por ello dejan de resultar curiosas las relaciones que se establecen entre los distintos territorios que conforman el mundo: los habitantes de un país eligen libremente (o no) a sus gobernantes, y estos, dependiendo del grado de acogimiento que el resto de países tienen hacia sus políticas, levantan (o no) una serie de sanciones con la clara intención de influir negativamente en la economía de esos países; es decir, en el monedero de los ciudadanos que eligieron libremente (o no) a unos gobernantes que opinan de manera diferente a los primeros.
Hemos de pensar que están en su derecho: Rusia, por ejemplo, no tiene ninguna obligación de comprarnos a nosotros la fruta y la verdura. Y los gobernantes de la Europa a la que pertenecemos son libres de calificar como inaceptable el intrusismo de Putin en el conflicto de Ucrania, y de obrar, por tanto, en consecuencia.
Hasta aquí la lógica: damos por buena la autonomía con la que cuentan los pueblos para defender sus intereses y asumimos que la forma en la que está estructurado el mundo hace prevalecer el valor de una frontera sobre el bienestar de los seres humanos que viven a un lado y a otro de ella.
Lo ilógico, llegado a este punto, es buscar razones para la lógica anterior; porque no es lógico que recibamos con disparos de pelotas de goma a un tipo que viene de cruzar un desierto, ni que Obama reciba el premio nobel de la paz y su gobierno continúe permitiendo la venta de armas al estado de Israel, ni que la manera más efectiva de cambiar los designios de un país sea bloquear la entrada de productos de primera necesidad…
Y lo malo viene ahora: ¿es posible una lógica que no atiende a razones? Y si la respuesta es que no, ¿quiere decir que somos más ilógicos que el león que vive en la sabana africana y que caza sólo cuando tiene hambre? Y puestos a preguntar: ¿no será que nos empeñamos en falsear nuestra propia historia y realmente es el mono el que desciende del hombre?
(Artículo publicado en el Diario Jaén, el de agosto del  2014)