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jueves, 12 de mayo de 2016

España es de derechas

Cuesta asumirlo, porque se entienden mejor los planteamientos que parten de la solidaridad y de la justicia social; pero hemos de ser honestos y reconocer que los españoles, una vez superado el miedo a un nuevo golpe de estado y a una nueva dictadura, preferimos ser tutelados por gobiernos de derechas. De derechas acabaron siendo las políticas de Felipe González, y, como nos parecieron poco de derechas y andábamos sumidos en una crisis anterior, le cambiamos por el inolvidable Aznar. 
Aznar vendió el país, y con una parte de esos réditos nos hizo creer que al fin alcanzábamos la cima de los poderosos. Seamos justos: su historia, la de Aznar, marchaba a velocidad de crucero; encalló por la guerra de Irak, por ese deseo irrefrenable y estúpido de subir los pies a la mesa del presidente norteamericano, por sacar a la luz una de las personalidades más patéticas de los últimos siglos. Sin la famosa foto de Las Azores, Zapatero no habría llegado al gobierno; al menos, no tan pronto.
Zapatero nos modernizó y me atrevería a decir que nos hizo mejores personas; pero en cuanto se esfumaron los ahorros por la venta del país y la clase trabajadora comenzó a sufrir las consecuencias, no dudó en adoptar los principios de la derecha más rancia: recordemos solo el desahucio exprés de Carme Chacón y la modificación del artículo 135. Su fracaso, el de Zapatero, no trajo consigo el ascenso de ningún partido de izquierdas. Los españoles creímos entonces que nuestro error había sido confiar en un sucedáneo y votamos mayoritariamente a Rajoy, que encarna (y lo seguirá haciendo por los siglos de los siglos) a la derecha más conservadora posible, en el marco de las democracias occidentales. 186 diputados le dimos. ¿Y qué pasó? Que se encontró un país sin nada que vender y que le empezaron a florecer decenas de casos de corrupción, dejando al español de a pie en un desierto, inmerso en un síndrome de Estocolmo, contrariado, como cuando uno se olvida de sacar el almuerzo del congelador; atontado, sin saber cómo, ni cuándo, ni dónde; aterrado, por si atesora algo de verdad la idea de que sí se puede, pero de otra forma: desde los principios de la solidaridad y de la justicia social.    


(Artículo publicado en el Diario Jaén, el 12 de mayo del 2016)

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