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lunes, 9 de enero de 2017

La luna de Valencia

Yo quería la luna de Valencia, y esta noche, en el Cabañal, alguien ha debido metérmela en el bolsillo. Una putada, porque sólo mientras he querido la luna y la he sentido inalcanzable, no he sido consciente de que ya no deseo nada más.
¿Y ahora qué? ¿Qué mierda hago con la luna en el bolsillo? Es una luna llena, blanca, con sus clásicos cráteres, brillante, muy brillante, incluso lejos del amparo del reflejo que le otorga el mar Mediterráneo. Pero una luna así no sirve para nada, y menos aún en el interior de un bolsillo, donde ni rota, ni resulta inalcanzable y hasta deja de conducir a alguna forma de sueño o deseo, porque se sabe que apenas es una pelota, lo mismo que una bola de golf, hasta en tamaño, solo que con las honduras más dispersas y desiguales, por lo menos ésta, la de Valencia, la que yo guardo en el bolsillo. Y luego, que también importa, me importa, la vertiente humana, la que concierne a la famosa colectividad: ¿qué hacen los demás valencianos, todos los turistas que aparecen por aquí para ver el Oceanografic y la Malvarrosa y El Cabañal y La Albufera y la luna? ¡Eh! ¿Qué hacen?
Tiene gracia: un rato antes, en un local, una chica me ha pedido que no le venda la luna. Ha dicho eso; podría o debería de haber dicho: no me vendas la moto, pero ha dicho eso: no me vendas la luna. Claro que en ese momento no la tenía en el bolsillo; de lo contrario, me la habría sacado y ahora estaríamos en la parte de atrás de mi coche o en la habitación de su piso, follando. Y la sensación de que la luna no vale para nada, se habría esfumado, y el deseo, el apetito por los deseos, persistiría, al menos, hasta que hubiéramos terminado. Y el hecho de que a alguien se le haya ocurrido introducirme la luna en el bolsillo habría estado colmado de sentido, porque la chica era más que guapa, valía la pena, mucho, a pesar de que después (el maldito después, siempre), concluido el asunto, mi pena fuera ésta: la misma. Porque lo que narro, la carencia de deseo, lo abarca todo: también a las chicas, como si con la luna no cupiera nada más.

A veces pasa: con las depresiones suele pasar. Pero yo no padezco una depresión: yo tengo la luna de Valencia, y si la saco y la suelto, cae al suelo lo mismo que si se tratara de la dichosa pelota de golf: se ha roto su idilio con la gravedad y cae muerta. Y lo peor es que cualquiera diría que no es la luna, que es una simple pelota, por más que ahí fuera, en el cielo, sobre el Mediterráneo, no se encuentre la luna de Valencia. Se habrán desbaratado sus fases, dirán. Y les dará igual que pase el tiempo: semanas o hasta meses o años, y que la luna no aparezcan, que seguirán negando, porque cuesta creer que un tipo como yo posea la luna. 

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